El totalitarismo:
Stalin, Hitler, Mussolini… y Castro. Por Leopoldo Fornés-Bonavía Dolz.
DE ZOÉ VALDÉS
¡LIBERTAD Y VIDA! MAYO 24, 2010 CASTRISMO CASTRO CUBA HITLER LEOPOLDO
FORNÉS-BONAVÍA DOLZ MUSSOLINI STALIN
EL TOTALITARISMO:
STALIN, HITLER, MUSSOLINI… Y CASTRO
Fundación
Hispano-Cubana, Madrid, reducción del 16 de octubre de 2009
Revista de la Fundación H-C.:
Leopoldo Fornés-Bonavía Dolz
El totalitarismo y
otras atrocidades
Quisiera señalar
que sólo tocaré tres o cuatro ejemplos
más bien clásicos del totalitarismo. Hay algunos más y no debemos
confundir entre un régimen totalitario, lo peor, de uno dictatorial o
autoritario. No son iguales aunque estén emparentados. El término totalitario,
sacado de la lengua italiana, fue utilizado y aplicado en este sentido por
primera vez en un discurso por el líder fascista italiano Benito Mussolini en
1928.
Sus componentes,
para que un estado, régimen o país sea considerado totalitario, ha de contar
con muy poca o ninguna libertad; el estado será omnipotente; gobernado por un
solo partido e ideología y por un caudillo cívico-militar, líder o grupo
reducido apoyado en un movimiento de masas que sobre la sociedad ejercerá
control económico, de sociedades profesionales y obreras, apoyado en la
represión policial pública, privada y secreta, que acabará con el estado de
derecho, pisoteará los derechos humanos como decadencias liberales y burguesas;
que acabará con la división de Montesquieu en tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial; que organizará
cárceles o campos de trabajo para opositores y “desviados” de su “fe”; una
total opacidad informativa, la sociedad militarizada, jerárquica y vertical
donde el estado sea el fin en sí mismo, que ignore las libertades individuales
de movimiento, de filiación ideológica, religiosa, comercial y, como colofón,
liberará la agresividad de las nuevas clases dirigentes, como sucedió en la URSS-Rusia hasta 1985,
en Italia de 1923 a1944, en Alemania
desde 1933 hasta 1945, en España de 1936 hasta 1952, la Francia de Vichy 1941-1944,
China hasta los noventa, Corea del Norte hasta hoy, Vietnam hasta los noventa o
Cuba desde 1960 hasta el día de hoy. Eso sería el totalitarismo que no es
exactamente igual a una dictadura o a un gobierno autoritario..
No obstante, sería
pertinente diferenciarlo: dictadura, del latin dictator, magistratura extraordinaria creada por la res
pública romana para un breve período de tiempo, seis meses o un año, investida
de poderes extraordinarios e ilimitados para resolver alguna situación crítica.
Tampoco hemos de despreciar la existencia del término tiranía, antiguo y
heleno, donde alguien ejerce el poder contra derecho, pueblo y arbitrariamente;
o el despotismo, término también de origen helénico aplicado a las monarquías
europeas del siglo XVIII, el despotismo “ilustrado” –todo para el pueblo pero
sin el pueblo- para diferenciarse de las monarquías absolutas europeas de los
siglos XVI y XVII creadas para terminar con la diseminación medieval y sus
guerras locales.
Orígenes y sus
motivos
Los regímenes
totalitarios que nos interesa destacar en esta conferencia, breve por
necesidad, surgen todos de la
Primera Guerra Mundial, verdadera hecatombe que modificó para
mal el destino de Europa primero y de toda la humanidad después en los siglos
XX y XXI. No debemos confundir los regímenes que voy a citar y exponer con, por
ejemplo, la monarquía alemana de los dos Kaiseres en 1870-1918 que, aunque
autoritarias, nunca fueron totales. Para entender por qué algunos pueblos
optaron –equivocadamente- en un momento determinado por la forma totalitaria
hemos de conocer la historia del controvertido siglo XX. La hecatombe de la Gran Guerra, como la
llamaron primero, se produjo un siglo después de las guerras napoleónicas. Ya
no quedaba nadie vivo de las guerras ni del Congreso de Viena de 1815. No
muchos en Europa rechazarían una “guerrita”.
Europa no había
tenido desde 1815 guerras continentales, sólo localizadas desde el fin del
Congreso de Viena y de las Guerras Napoleónicas. Pero en cuatro años, desde
1914, tras las declaraciones de guerra en cascada de ese año y el armisticio de
1918, desaparecían cuatro enormes
imperios multinacionales. El primero fue el imperio zarista ruso el cual, en el
pacto de Brest-Litovsk, marzo de 1918, pierde Estonia, Letonia, Lituania, la Polonia oriental,
Finlandia y Ucrania a manos de los Imperios Centrales. El objetivo de los
austro-alemanes era debilitarlos. Lo consiguieron y hasta qué punto. Una
victoria pírrica. Y de paso empeñaron su futuro y el nuestro. El imperio
zarista multinacional, opresivo, vertical y vetusto, se desmoronó en meses tras
trescientos años de autocracia. El gobierno ruso del Zar había ensayado cierta
democracia parlamentaria en los últimos años desde la industrialización en 1890
y específicamente con la primera Duma, en mayo de 1906, primer parlamento ruso
democrático, con la reunión de los zemstvos (especie de asamblea de municipios
agrarios con representación democrática local) en noviembre de 1904, exigiendo
representación democrática en el parlamento y libertades civiles como en
Occidente; del represivo “domingo rojo”
de enero de 1905, pero manteniendo una estructura conservadora y aristocrática.
Era un estado autoritario y paternalista que ya al iniciarse el siglo XX hacía
agua como lo demostró la derrota marítima ante el Japón en 1905, poder
emergente. El mando zarista desaparecía en marzo de 1917.
El segundo
“desfondamiento”, no menos estrepitoso, fue el de la Monarquía Multinacional
Austro-Húngara gobernada por la familia Habsburgo que, tras el tratado de Saint
Germain firmado el 10 de septiembre de 1919, pierde los territorios checos y eslovacos con la Rutenia, hoy parte de
Ucrania. Checoslovaquia resurge como
país con dos naciones y es gobernada democráticamente por Tomas Masaryk; la Polonia sudoriental con
capital en Cracovia, y Hungría, que se separa de Austria bajo el mando del
Almirante Miklos Horthy, antiguo almirante de la marina austrohúngara pero
reducido a la condición de marino sin barcos. Permanece en el poder como
regente sin rey, difícil simulación de una dictadura autoritaria, aunque no
totalitaria, como más tarde veremos.
El imperio germano
de la familia Hohenzollern desaparece
con el exilio del Kaiser Guillermo II hacia Holanda en noviembre de
1918. Él y el estado mayor de la
Reichswehr fueron los responsables de la guerra. Los
social-demócratas alemanes, los socialistas moderados, son los únicos que se
atreven a firmar, a regañadientes, la
onerosa paz de Versalles el 28 de junio de 1919 para evitar la ocupación. Nadie
se atreve a responsabilizarle. No los culpables. Esto somete el país a
compensaciones terribles como perdedor y responsable de la guerra –que lo fue
su clase dirigente- si bien no pierde ni la Prusia Oriental,
capital en Koenigsberg (hoy Kaliningrad,
territorio parte de Rusia fuera de sus fronteras) y obtiene un corredor
geográfico de tierra que parte a la nueva Polonia resurgida por en medio, el
corredor del Dantzig, si bien administrada por los Aliados. Las colonias
africanas alemanas, Kamerún, Tanganika, Namibia y otras son repartidas entre
Francia y Gran Bretaña. Logra conservar el vapuleado ejército de hasta 100.000
hombres con sus armas ligeras si bien deberá renunciar a los submarinos y
entregar toda su flota mercante de más de 1600 T, la mitad de 800 a 1600 T y la cuarta parte de su flota pesquera,
aparte de las casi 70 naves militares, la Reichsmarine. Las
compensaciones de guerra y las ocupaciones de territorios establecidas en
Versalles serán motivo de hambre, penalidades, terribles devaluaciones del
marco, humillaciones y causa directa en gran parte del fracaso de la república
democrática de Weimar surgida en 1919.
Por último, no
menos terrible, desaparece un vetusto y opresivo imperio de siglos, el cual, a
diferencia de los “cristianos”, era de práctica musulmana. El sultanato de
Turquía, llamada hasta entonces pomposamente “La Sublime Puerta del
Oriente”, pierde a manos de Gran Bretaña, Francia, Grecia, e Italia nada menos
que Siria, Líbano, Mesopotamia (Irak y Kuwait), Palestina (hoy Israel y la Autoridad Palestina),
Esmirna (que después recuperó), las islas del Dodecaneso y Tracia en
Europa. Desestabilizada por la dureza
del tratado de Sèvres de 10 de junio de 1920, acabaron firmándolo el 10 de
agosto de ese año tras enfrascarse en una cruenta guerra “local” con los
griegos, sufrir la invasión de los británicos en Çanakkale en el Bósforo y la
consiguiente pérdida de enormes territorios del Cercano Oriente. Esta débacle
dio origen al golpe de estado del Gral. Mustafá Kemal Pashá, que llamaron
después de 1924 el Atatürk, el padre de
los turcos.
Seducción de los
regímenes totalitarios
Los sociólogos y
polítólogos franceses del siglo XX, tan penetrantes como sus predecesores de
los siglos XVIII y XIX, Pierre Rigoulot, François Furet, Mme. Verdes-Leroux, Alain Besançon y Alain de Benoist en sus obras y escritos
señalan que estamos ante el atractivo del peligro, pero peligro al fin y al
cabo para la democracia y la libertad, que lleva a los adoptantes a anular o a
minimizar las objeciones a las dictaduras totalitarias que sugiere la realidad
escandalosa y aplastante. Es una seducción, un encanto, como un licor fuerte el
que impedía ver durante la construcción del socialismo en Rusia, los
horripilantes campos de trabajo soviéticos a muchos intelectuales de izquierda.
El más notorio de estos casos es quizá el del filósofo y dramaturgo marxista
Jean-Paul Sartre que, si bien brillante en su prosa, sus diálogos y sus obras,
se adscribió, en tanto que francés y de izquierdas al marxismo-leninismo y que,
al llegarle informes acerca de las flagrantes violaciones de los derechos
humanos realizadas por Stalin durante las purgas de los treinta en la URSS , prefirió acallarlos ya
que denunciarlo “apoyaba” a la “dictadura de la burguesía” que, por perversa y
explotadora, debía desaparecer de cualquier forma. No obstante, he visto a
Sartre en Praga en 1965 reivindicar a Franz Kafka, bestia negra de marxistas
antiguos en literatura. El comunismo en el poder lleva a la “heroización” de la
vida ya que ésta es una lucha en pos de un futuro radiante para el conjunto de
la humanidad en que no habrá diferencias de “clases” y todos tendrán las mismas
oportunidades. El comunismo da la ilusión de saber lo que otros no saben,
conducidos por marxistas-leninistas que conocen el camino y aceleran la evolución y el motor de la
historia. En realidad, es el viaje a ninguna parte o, dicho cínica y
jocosamente, el camino más largo del capitalismo al capitalismo como dice un
chiste, claro, ruso.
Pero la seducción
del comunismo dejó de funcionar cuando
se comenzaron a denunciar por la propia URSS las atrocidades masivas a partir
del informe secreto de1956, presentado en el XX Congreso del Partido Comunista
por Nikita S. Jruschov, su secretario general. El país totalitario creado por
Lenin primero y “mejorado” por Stalin después, comenzaba a derretirse, como
dijera acertadamente el escritor Ilya Ehrenburg. Consecuencia directa fue el
levantamiento y posterior represión en Hungría de octubre-noviembre de 1956 contra el reformismo de Imre Nagy y del Gral.
Pal Maleter así como los disturbios que
en la misma época llevaron de la cárcel al gobierno a W. Gomulka en
Polonia. Para dudar menos aún, la
intervención militar del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia el 21 de agosto de
1968 para acabar con el “comunismo de rostro humano” encabezado por Alexander
Dúbchek y el sector reformista del Partido Comunista Checoslovaco y como
colofón, la invasión de Afganistán en
diciembre de 1979, como contrapeso a la “revolución” integrista iraní del
Ayatolá Jomeini . Esto acabó de abrir
los ojos a las izquierdas reformistas, léase a la social-democracia.
PCs acríticos
Sorprende de todos
modos que los movimientos y partidos marxistas, de obediencia al Komintern y a
Moscú, no hayan tomado nota y se hayan
hecho una autocrítica, al menos desde 1956, acerca del sistema que propugnaban.
No importaba. La URSS
y el marxismo-leninismo luchaban contra el “imperialismo”, el “capitalismo” y
en pro del “tercer mundo”. A pesar de
las críticas en la propia URSS contra el comunismo los viejos marxistas cubanos
y de otros partidos siguieron apoyando el antiguo sistema de valores aunque con
arreglos más o menos cosméticos, aupando y apoyando al que los utilizó para
eternizarse en el poder. Era el cultivo de la muerte por un ideal. Un ejemplo
clásico es el de Ernesto “Che” Guevara quien afirmaba:” ¡Qué importa dónde nos
sorprenda la muerte¡”. Tampoco le importaron las muertes de los más de doscientos que se le atribuyen directamente.”
La felicidad simple de existir y amar escapa a los revolucionarios; es una
nueva fantasmagoría religiosa que nos parece uno de los fundamentos del
totalitarismo; el marxismo, embelleciendo los peores impulsos de matar y dejar
matar, tiene gran futuro ante sí”, afirma la Sra. Verdès-Leroux.
Los fascismos
históricos: Italia y Alemania
El primer país
donde el fascismo prende, ideología bastante más endeble que la del comunismo,
no es en un país derrotado en la
Gran Guerra sino, curiosamente, en uno de sus ganadores. Italia, a pesar de ser nación vencedora,
con un capitalismo a medio desarrollar,
no había participado excesivamente del reparto de tierras coloniales de
los vencidos ni le habían tocado jugosas compensaciones a costa del pueblo
alemán como a Francia o a Bélgica. Si a esto agregamos problemas financieros y
un temor cerval de las clases media y alta al bolchevismo desatado en la Rusia zarista desde fines de
1917, obtenemos un caldo de cultivo excelente. Esto dio lugar a la creación del Fascio di
Combatimento en marzo de 1919 bajo la dirección de Benito Mussolini, su líder
(el padre le había bautizado así por Benito Juárez, liberal mexicano al que
admiraba) que abandonaba el viejo socialismo. Los choques entre probolcheviques
y fascistas italianos comienzan a producirse primero en Florencia a partir de
1921. Hay nubarrones de posible guerra civil como en Rusia, mitad roja y mitad
blanca. Ese año se convocan las primeras elecciones democráticas en mayo donde
liberales y demócratas obtienen 275 escaños mientras que socialistas y
comunistas obtienen 122 y 16 respetivamente. Los noveles fascistas sólo 22
escaños. Ni comunistas ni fascistas eran un peligro para la sociedad pero
estaba la inquina que se tenían, que hacía recordar las guerras civiles en
Rusia. Sin embargo, el año 1922 será crucial pues el ejército italiano ocupa la
levantisca ciudad de Fiume en el norte del Mar Adriático y los fascistas llegan
a controlar tanto Fiume como al gobierno comunista local de Bolonia. En agosto de 1922 acaban controlando Milán,
la primera ciudad industrial del país. El nuevo líder, venido de las filas del
socialismo, forma un quadrumvirato con sus camaradas hasta que, tras el
Congreso Fascista de 1924 en Nápoles, deciden a los cuatro días “La Marcha sobre Roma”, ciudad
que ocupan y desalojan al gobierno de liberales y demócratas de Luigi Facta.
Ante la cruda realidad del golpe de mano, son llamados por el Rey para formar
gobierno. El monarca y el parlamento, a la usanza romana, hacen de Mussolini
dictador por un año para resolver “problemas” el 28 de noviembre de 1922 si
bien el país siguió siendo en teoría constitucional. Poco antes de que expire
el año de dictadura el gobierno del Fascio a fines de 1923 se saca una nueva
ley electoral de la manga. En las
elecciones del 6 de abril de 1924 pasan de controlar 22 diputados en 1921 a 375 escaños, un 65%
de los votos a su favor. Entre 1924 y 1926 los escaños de otros partidos que no
apoyaran al Fascio fueron declarados vacantes; se introdujo la censura de prensa, se obtuvo de
un parlamento totalmente proclive en 1926 y el permiso para gobernar por
decreto. El totalitarismo se había entronizado en Italia en pocos años pero
siguiendo algunas de las lecciones de la revolución rusa. En uno de sus
discursos memorables Mussolini declaró, haciendo gala de su adoración por el
estado totalitario: “Todo en el estado; todo para el estado; nada fuera del
estado; nada contra el estado”. Véase la
similitud de la frase pronunciada en ese año con la que el líder comunista
cubano pronunció a los intelectuales en 1961: “Con la revolución todo; fuera de
la revolución, nada”. Nada tan parecido como lo que adujo Mussolini.
El caso de la Alemania
nacional-socialista resulta bastante diferente. Es la que llega más tarde al
fascismo y se marcha más temprano pero eso sí, en medio de una inmensa y
trágica traca mundial. La endeble pero respetable República de Weimar, surgida con su
constitución el 31 de julio de 1919 –una de las bases jurídicas de la
constitución democrática cubana de 1940- había atravesado en la década de los
años 20 las Horcas Caudinas. Las compensaciones onerosas de guerra a los
vencedores, el desfondamiento del marco alemán en 1923, los golpes bolcheviques
de espartaquistas en 1919 en Berlín y en 1920 en Baviera, los golpes
derechistas de Kapp en 1920 y de Hitler y el Gen. Ludendorff en una cervecería
de Munich, Baviera, en 1923, las ocupaciones de territorios alemanes por
Francia cada vez que Alemania no podía
pagar las compensaciones. Los planes económicos estabilizadores de los EE.UU.
como el Plan Dawes en 1924 y Young en 1929 que no habían logrado reflotar a la Alemania de Weimar de las
crisis del marco primero o del crack de 1929, a pesar de los buenos auspicios del Pacto
Kellogg-Briand firmado en Paris en
agosto de 1928, que Alemania aceptó en febrero de 1929, para prohibir
“definitivamente” la guerra como instrumento de la política nacional. Hay que
decir en su honor que el pacto del americano Frank B. Kellogg y del francés
Aristide Briand, ambos premios Nobel de la Paz, no fue inútil. Sirvió de base jurídica para llevar a los nazis al tribunal
de Nüremberg en 1945-1946.
La débacle
democrática de la república de Weimar: aparición del totalitarismo
El drama de la
destrucción democrática comienza en septiembre de 1930. En las elecciones al
Reichstag, el parlamento alemán, el Partido Nacional-Socialista y Obrero Alemán
pasa de 12 escaños a obtener 107. Los comunistas obtienen 77 y los socialistas
143 pero en las elecciones presidenciales de marzo de 1932 el presidente de la
república, el viejo general von Hindenburg obtiene 18 millones de votos.
Hitler, que se presenta, ya obtiene 11 millones y los comunistas de Ernst
Thälmann casi cinco millones. Hubieran bastado los votos del KPD (comunista)
para que Hindenburg ganara de calle. Pero el VI Congreso del Komintern en
1928 consideraba a los social-demócratas
el enemigo de clase. La segunda vuelta en abril es bastante más
catastrófica. En mayo el presidente
otorga la cancillería a Franz von Papen y a los demás barones pero la situación
se deteriora por meses. El 31 de julio
del 1932 los Nazis obtienen 230 escaños, los socialistas 133, el centro 97 y
los comunistas 89. El partido nazi es el más votado. Había prometido retirarse
de la paz de Versalles. Hindenburg
propone a Hitler ser vice-canciller con von Papen. El cabo austríaco se niega.
Lo quiere todo o nada. De nuevo se niega con el presidente a ser vice-canciller
en noviembre. El precario gobierno cae en manos del Gen. Kurt von Schleicher,
uno de los barones, en diciembre de 1932, pero al renunciar en enero de 1933,
convoca a elecciones y Hitler gana el 30 de enero de 1933. El presidente von
Hindenburg, cansado y viejo, le nombra canciller y a von Papen vice-canciller,
al revés de lo que quería. Desconfiaba del “cabo”, como le llamaba. Con razón.
El destino de Europa se sella.
Apenas un mes
después, a fines de febrero, se produce el incendio del edificio del Reichstag.
Los comunistas son acusados en lo que parece que fue una quema realizada por
elementos nazis. Ya en mayo comienza el acoso contra todo lo que no sea
nacional-socialista. Se inician campañas contra los judíos, los intelectuales,
los eslavos, los socialistas, los comunistas, los demócratas, los liberales. Es
en el mes de mayo en que la dictadura totalitaria se entroniza con la Ley de Plenos Poderes que
producirá cambios constitucionales, un estado unificado, no federal: judiciales
con tribunales “populares” y campos de concentración para desafectos;
políticos, todos los partidos de oposición liquidados y prohibidos:
nacionalistas, socialistas, católicos, monárquicos y por último; raciales, la
primacía de la raza “aria”, y los untermenschen, subhombres como los judíos,
gitanos y ciertos eslavos, etc. En lo religioso firman un Concordato con la Santa Sede si bien
desacreditan tanto a católicos como a protestantes. Económicos: disuelven los
partidos obreros, prohíben las huelgas y cierres terminando con los pagos por
compensaciones de la Gran
Guerra y dedicando el
dinero a trabajos públicos y a la fabricación de armamento pesado. En lo
militar se centran en el rearme y el servicio militar universal y
obligatorio. En octubre Alemania se sale
de la Conferencia
de Desarme y de la Liga
de Naciones (la ONU
de entonces). En menos de un año Alemania en 1934 ya se ha convertido en una
dictadura totalitaria. No queda un solo resquicio de democracia como la
entendemos los liberales. Ese año Hindenburg tiene a bien morir en agosto a los
87 años y con él el último vestigio de la democrática república de Weimar. El Partido único, el NSDAP (Nazi) vuelve a
integrar territorios como el Sarre mediante plebiscito organizado por la Liga de Naciones pero
continúa en su plan expansivo, incorporando Renania; firma el Eje Berlín-Roma
en octubre de 1935 y en noviembre con Japón para limitar la expansión de la URSS stalinista; reconoce a
los insurgentes nacionales de Franco en España en 1936 y tras la visita de
Mussolini a Berlín en septiembre de 1937 que no interviene, invade e incorpora
al Gran Reich alemán a Austria, que desaparece en él en marzo de 1938. Sigue en
su expansionismo y en septiembre de 1938 incorpora los Sudetes checos, de
mayoría alemana, empleando el Acuerdo de Munich de 29 de septiembre de 1938. Al
considerar Checoslovaquia un país artificial y territorio del antiguo imperio
de los Habsburgo, invade Bohemia y Moravia el 15 de marzo de 1938 ante el
estupor estático de Occidente. Ya no incorpora sólo territorios alemanes.
Eslovaquia se convierte en protectorado semiindependiente separado de Chequia
con el gobierno de Tiso, un exsacerdote proclive a los nazis. El 21 de marzo de 1939 se anexa Memel (actual
Klaipeda en Lituania en el Mar Báltico) y tras firmar un sorprendente pacto de
no agresión con la URSS
el 21 de agosto de 1939 invade el territorio polaco. Es la gota que rebasa el
vaso. El 3 de septiembre Gran Bretaña y Francia, en virtud de los pactos con
Polonia le declaran la guerra al III Gran Reich alemán. La URSS invade Polonia oriental
el 17 de septiembre, la ocupa y
permanece neutral. Los EE.UU. seguirán neutrales hasta el ataque japonés de Pearl Harbor en diciembre de 1941.
El totalitarismo
bolchevique
Las oportunidades
democráticas de la Rusia republicana fueron
mucho más breves y, al final, imposibles. Desde el 15 de marzo de 1917 en que
el zar renuncia con su hijo al trono hasta que se produce el golpe de estado
bolchevique de Lenin el 7 de noviembre, unos 8 meses, todo parece indicar que la tímida democracia
que se iniciara tras el acceso a la corona de Nicolás II Romanov en 1894 se va
rápido al traste. Un gobierno provisional les sustituye pero entra en conflicto
con el soviet, es decir, el consejo (bolchevique) de Petrogrado. Y comete un error
que costará caro a Rusia y a la humanidad ya que, en vez de las fuerzas
democráticas, sean los bolcheviques los
que se consoliden en ese país: deciden continuar la guerra según los pactos
zaristas, a sabiendas de lo desvencijado, desorganizado y díscolo que estaba el
ejército. Los soldados todo lo que querían era irse a casa, como todo soldado
en una guerra que no le atañe, incluso en aquélla que le atañe. Para minar la
autoridad del nuevo gobierno el soviet publica la orden número uno donde se
privaba a los oficiales del ejército de toda autoridad. Como si todo fuera poco
el alto mando germano de la
Reichswehr envía a Petrogrado desde Suiza por tren un
“regalito envenenado” para quebrantar la moral del desvencijado imperio ruso.
En un tren sellado va la dirección del
partido bolchevique en el exilio: Lenin, Zinoviev, Radek, Lunacharsky y otros que llegan a la capital el 16 de abril.
Trotsky regresa de los EE.UU. y Gran Bretaña en mayo. A principios de julio el ejército
ruso intenta una ofensiva contra los Imperios Centrales que fracasa. Los
bolcheviques, ante el fracaso militar, ensayan un primer golpe de estado que
fracasa el 18 de julio. Trotsky va a prisión y Lenin escapa a Finlandia. El
príncipe Lvov, que sustituía al zar en el gobierno provisional renuncia. Es
sustituido por el abogado social-revolucionario Aleksandr F. Kerensky, líder
social-demócrata y diputado desde la
IV duma en 1912. Pero sin un partido fuerte como los del SPD
alemán, no recibe el apoyo de los conservadores a pesar de ser el único
representante viable de una democracia republicana para todos y así evitar la
guerra civil, fuente de dictaduras de derechas o de izquierdas. Otro lamentable
error es que en la segunda semana de septiembre el Gral. Kornilov, conservador, se subleva contra el gobierno de Kerensky y
ataca Petrogrado para destituir su gobierno. Este es apoyado por los
bolcheviques a los que entregará fusiles contra la violencia conservadora. Más
tarde le pasarán la cuenta. Esto deja abierto el camino a los extremistas bolcheviques
que el 7 de noviembre tras un golpe de mano
con Lenin a la cabeza, retornado de Finlandia, toman el poder. Apresan
al gobierno provisional aunque Kerensky logra huir. Terminará sus días en 1970 a caballo entre Nueva
York, donde vivía, y California, donde impartía cursos de historia en la Universidad de
Stanford, Cal. Ese mismo día, sirviendo a los intereses del alto mando alemán,
decreta la paz el soviet de Petrogrado, que un mes más tarde proclama un
armisticio con los imperios centrales. No obstante, el alto mando, para forzar a Rusia, ataca Petrogrado el 18
de febrero hasta obligar al gobierno provisional a firmar la paz de
Brest-Litovsk el 3 de marzo de 1918 donde la Rusia revolucionaria, léase Trotsky, cede a los
Imperios Centrales la Polonia
rusa, Ucrania y muchos territorios más. Territorios a cambio de paz. Para
reponerse y reiniciar la lucha, no contra el enemigo nacional sino contra los
“enemigos” interiores.
Guerra civil
Previsoramente,
trasladan la capital el 9 de marzo de Petrogrado a Moscú, para alejarla de
cualquier enemigo ya que la guerra civil, de la mano de los cosacos del Don, al
sur, han roto hostilidades contra el ejército del soviet de Petrogrado. Lev
Trostky organiza a la carrera un ejército para hacer frente a los numerosos
enemigos y crea el Ejército Rojo para hacer frente a los “blancos” , los
oficiales y soldados del antiguo ejército zarista. La lucha se centra con los
cosacos del Don para recuperar Kiev, capital de Ucrania desde el 18 de febrero,
que había firmando un armisticio con los imperios centrales. La guerra civil se
extiende a Bielorrusia, capital Minsk, en el Occidente, y a los territorios del
Mar Báltico.
Los Aliados,
terminada la Gran Guerra,
deciden invadir Rusia por el norte. Los británicos Murmansk el 23 de junio de
1918 y el 2 de agosto los británicos y los franceses toman Arjangelsk. Hasta
los norteamericanos desembarcan en el Mar Blanco en enero de 1919 pero ante la
inutilidad de la acción lo abandonan. El Caucaso y el sur de Rusia es
reconquistado por el ejército rojo para
fines de marzo de 1920 hasta tomar Bakú, capital del petróleo en el Mar Caspio
el 28 de agosto de 1920. Siberia y el oriente de Rusia es invadido por tropas
japonesas aliadas, que desembarcan en Vladivostok a principios de 1918. Esto
hace que la Legión Checa,
cuerpo de unos 60.000 soldados formados por checos y eslovacos, bajo el mando
teórico de los aliados franceses, pero nutrido por residentes en Rusia y
prisioneros austrohúngaros liberados por el ejército zarista de esas dos nacionalidades.
Eran también eslavos. El vacío de poder dejado en la guerra civil 1918-1920
hizo que la llamada Legón Checa campeara por sus respetos por toda Siberia
intentando por el Pacífico, en un inmenso periplo, integrarse al ejército
francés, del cual en teoría dependían. Tardíamente lo consiguieron unos 37.000
que lograron incorporarse a Europa Occidental a través de San Francisco de
California vía Vladivostok y gracias a la Cruz Roja americana. Fue la base del ejército de
la primera república checa, la de los presidente Tomas Masaryk y tras su muerte en 1935, de Eduard Benes. La Legión, en julio de 1918
intentan acercase al occidente de Siberia para incorporarse a Francia por el
Mar Negro. Como en el pacto de Brest-LItovsk
Trotsky, el jefe bolchevique, había prometido a alemanes y austríacos
desarmarla y repatriarla a Austro-Hungría –muerte segura por traición para
todos los oficiales- los legionarios se
hicieron autónomos, camparon por sus respetos a veces como señores de la guerra
sin incorporarse ni a los rojos –muerte segura- ni a los “blancos”, de dudoso
futuro. Así, en mayo de 1918 tomaron Cheliabinsk en Siberia Occidental pero al
acercarse con la tropa a la ciudad de Yekaterinburg, hoy Sverdlovsk, lugar
donde el soviet de Petrogrado había enviado retenidos al zar Nicolás II y a la
familia imperial, recibieron la orden, parece que del propio Lenin, de
“eliminarlos” para evitar que cayeran en manos de los “blancos” y que pudieran
restaurar el imperio zarista.
Los inicios del
totalitarismo en Rusia
Comienza en el
mismo momento en que se hacen con el poder el 25 de octubre de 1917 (7 de
noviembre en el calendario ruso). Tras la firma del pacto de Brest Litovsk en
marzo de 1918 en que la Rusia
de los Soviets cambiaba territorios (ya los recuperaría) por salirse de la
guerra los bolcheviques había mostrado cómo se las gastaban al haber asesinado
a la familia imperial completa en julio de 1918 por orden del dirigente
bolchevique Vladimir Lenin. Este sufrió un atentado a manos de Fanny Kaplan,
una social-revolucionaria rusa anteriormente condenada por atentado contra una
figura zarista. Circunstancia que aprovecharon por los servicios secretos de
los soviets ya dirigidos por Feliks Yeryinsky para desatar el terror y la
represión contra intelectuales, burgueses y opositores. Sólo fue mitigada por
la necesidad de defender sus “logros” en los diversos frentes de la guerra
civil desatada hasta 1921. La señal para cambiar la dio el motín de los
marineros de la base naval de Kronstadt en febrero y marzo de 1921. Esto hizo
que el régimen soviético, ahora con capital en Moscú, declarara la Nueva Política
Económica, la NEP,
que permitía libertad de mercado, un nuevo estatuto de propiedad, devolvían las
pequeñas fábricas a sus antiguos dueños, permitían el comercio privado y
emitían nuevos billetes en circulación si bien la gran industria pesada siguió
nacionalizada. Al año siguiente sobrevino una gran hambre causada en parte por la guerra civil y en
parte por la sequía, pero se relajó la censura y disminuyó el terror rojo, al
menos por razones tácticas. La
Rusia soviética fue reconocida por vez primera en el tratado
de Rapallo por la Alemania
social-demócrata de Weimar en 1922. Pero en el mismo período se entabla la
lucha por el poder pues Lenin, debilitado por el atentado de 1918, fallece el
21 de enero de 1924. Pergeñada desde antes estalla finalmente la querella en el
seno del partido a finales de 1926. De un manotazo político Stalin margina a
Trotsky y sus seguidores. A partir del 27 de diciembre de 1927 Stalin vence en
el XV Congreso del Partido y de la
URSS, creada en 1924, acaba con el alivio que significó la NEP, expulsa y destierra a
Trotsky y comienza a aplicar planes
económicos quinquenales de industrialización pesada. Sobre todo, el período más
terrible para los habitantes del agro, comienza la colectivización impuesta en
1929 nacionalizando forzosamente a los pequeños y medianos propietarios, estos
últimos llamados kulaks despectivamente,
creando cooperativas (koljoses) y granjas estatales (sovjoses) en lugar
de las propiedades pequeñas, medianas y
los grandes latifundios. La propiedad de cualquier medio de producción es un
robo según Marx, Engels, Plejanov y Lenin. Esta nueva organización impuesta por
la fuerza genera en 1932-1933 un hambre severa en el campo en el país, que se
ceba sobre todo en Ucrania y en el norte del Cáucaso.
En los años
treinta, comienzan con pactos de no agresión en 1932 con sus vecinos del Oeste
(Polonia, Estonia, Letonia y Finlandia). Los EE.UU. de Roosevelt reconocen a la URSS a fines de 1933 y firma
pactos con Checoslovaquia y Rumanía en 1934. Tan aceptada es en pos de
cualquier concesión para la paz que es admitida en la Liga de Naciones en
septiembre de 1934, un año y medio después de la llegada de los nazis al poder
en Alemania. Este proceso corona con el
Pacto Franco-Soviético de 2 de mayo de 1935 que los nazis consideraron –con
razón-contra ellos.
Las purgas de Moscú
en los años treinta
Pero es en estos
mismos años de éxitos exteriores que
comienzan a intensificarse la represión que hace del país una sentina
totalitaria. Las purgas políticas comienzan en 1933. En ese año un tercio de los militantes comunistas son
expulsados del partido continuado por juzgar a un grupo de ingenieros
británicos por “sabotaje” salvados gracias a las amenazas de embargo por Gran
Bretaña. El terror se inicia plenamente en diciembre de 1934 con el asesinato
del popular Sergei Kirov, secretario general del soviet de Leningrado, nueva
denominación de la antigua Petrogrado. Las malas lenguas dicen que fue cosa del
propio Stalin celoso de su popularidad o como pretexto para reprimir. En 1935
toca a Zinoviev y a Kameniev ser condenados a años de prisión y son juzgados
por segunda vez y condenados por “trotskistas” y agentes del enemigo. Como “confesaron”
sus culpas fueron ejecutados 16 reos. Los compañeros de Lenin y muchos de los
que iban en el tren sellado desde Suiza en 1917 cayeron en estas purgas. En el
año 1937 otras purgas letales condenan a Piatakov y Radek ejecutando a 13
destacados miembros del partido.
Ese mismo año de
1937, en junio, una jugada maestra de desinformación concebida por el gauleiter
nazi y segundo jefe de las SS, Reinhardt Heydrich, hace llegar información
falsa de colaboracionismo del Mariscal Mijail Tujachevsky al agregado militar
checoslovaco en Berlin. Este, en virtud del pacto con la URSS desde mayo de 1935, se
lo comunica a su gobierno el cual lo
pasa a la seguridad soviética. De esta forma las SS consiguen descabezar a la mayor parte de los
altos oficiales del Ejército Rojo. Cientos de ellos, los más aptos, son
fusilados. En el verano de 1938 el grupo de Bujarin, Rykov y Yagoda son también
juzgados y ejecutados. La sociedad, la administración, el partido en el poder y
el Ejército Rojo sienten el terror rojo desatado por Stalin. Nadie se atreve a
protestar, ni siquiera a sus familiares más allegados. He ahí un ejemplo de
totalitarismo. Asesinaban rusos y comunistas principalmente.
Reacción de los
partidos comunistas, de la
Internacional y de los intelectuales
Sorprende el hecho
de que tanto la III
Internacional, controlada entonces desde Moscú, y los
partidos comunistas de países alejados
de la URSS–el
nuestro en particular- no hayan lanzado una sola queja, crítica, una llamada al
orden, una petición de clemencia o de rechazo. Los movimientos comunistas
aceptaron en esos años dócilmente todo lo que se hacía en la URSS ya que se les suponía
“buena voluntad” a los ejecutores y que la razón radicaba en que “estarían
rodeados de enemigos burgueses disfrazados o simulados”. Sorprende también el
hecho de que muchos intelectuales, quienes habían adoptado la ideología por
cierto sentido erróneo de la justicia social ante un capitalismo “explotador” y
las diferencias “de clases” no sólo no dijeran nada y aplaudieran sino que
cuando algo supieron o intuyeron los excesos, decidieron callar. La frase más usada por ellos entonces era:
“si, puede ser que se pasen, pero no les critiquemos, porque eso sería apoyar a
la burguesía y al fascismo”. Fue la falacia fundamental para permitir
atrocidades. Intelectuales de izquierdas
en los años treinta como Jean-Paul Sartre, fue el primero que
negó que hubiera purgas. Empezaba el negacionismo. Walter Duranty,
premio Pulitzer del New York Times también lo negó. Apoyó el comunismo el dramaturgo André Gide,
aunque después se retractó. El propio George Bernard Shaw, brillante escritor
irlandés, cantó loas a Stalin, aunque más tarde también se retractó. Louis
Aragón encomió el comunismo, veneró a Stalin y a la G.P.U. Habría que recordar la
responsabilidad que tienen ante los pueblos y la historia escritores de la
talla de José Saramago, Gabriel García Márquez, Eduardo Galeano, Mario
Benedetti, fallecido, y algunos más que
hacen gala de una falta de sagacidad, de penetración y de ética. Estos y otros
apoyan hoy el comunismo en virtud de una
imagen-mito Castro-Che Guevara y una teoría “liberadora” que no libera sino que
encadena. Al final apoyan a una satrapía familiar totalitaria –como la de Corea
del Norte- la más larga del continente americano.
Las purgas se
apagaron en la URSS
cuando la agresividad nazi se hizo más evidente al ocupar Austria en 1938,
Checoslovaquia en marzo de 1939 y el ataque a Polonia el primero de septiembre
de 1939. Se cumplen ahora 70 años del ataque inicial. En una jugada de las más
sucias de la historia de la diplomacia una semana antes el ministro nazi de
exteriores, Von Ribbentrop, firmó un pacto de no agresión con Vyacheslav
Molotov, comisario de exteriores soviético y hombre de Stalin en Berlín. La Wehrmacht nazi ocupó Polonia incluida Varsovia y
el Ejército Rojo la parte oriental que antes perteneció al imperio zarista dos
semanas después. El imperio ruso había recuperado parte del territorio perdido
20 años después de Brest-Litovsk. Esto propició el asesinato de miles de
oficiales del ejército polaco apresados y después ejecutados en el bosque de
Katyn en 1942 cuyas tumbas el ejército nazi, en su avance por la URSS al invadirla, encontró y
descubrió.
Cárceles, campos de
concentración y de exterminio
Dos países de los
totalitarios destacan por la inmensa represión que realizaron sobre opositores
primero y sobre personas de otras razas o credos que vivían dentro de sus
imperios después. Ha de señalarse que aunque hubo represión de país totalitario
en la Italia
de los años 20 y 30, su ferocidad no alcanzó allí las cotas que en la Rusia bolchevique o en la Alemania de los nazis.
Vuela sobre
nuestras cabezas una injusticia histórica. Casi todo el mundo conoce los
nombres de algunos campos de concentración alemanes. Su represión, de una
ferocidad sin límites contra judíos y alemanes principalmente, ha sido muy
publicitada después de la victoria aliada y aún hoy lo sigue siendo tanto en el
cine como en la televisión y la prensa. Son cientos las películas e incluso las
series de TV sobre el tema. Todos hemos oído hablar, los conocemos casi de
memoria algunos nombres de campos: Aushcwitz-Birkenau, Buchenwald, Mauthausen,
Dachau, Ravensbrück; Treblinka y Majdanek en Polonia; Terezin en la República Checa;
Babi Yar en Ucrania. Resuenan en los oídos de las gentes de buena voluntad las
matanzas de judíos, de prisioneros rusos, polacos, de gitanos, de opositores, de subnormales. Tanto mal en
sólo 12 años.
La Unión Soviética, régimen surgido
en noviembre de 1917 y desaparecido a finales de 1991, unos 73 años, creada con el fin de emancipar al
proletariado de la explotación del hombre por el hombre, experimentó una guerra
civil, persecuciones de opositores – todos los que no fueran bolcheviques, en
decir, casi todo el mundo político- incluso los propios bolcheviques, haciendo
purgas políticas contra comunistas y nacionalidades no rusas que fueron
desplazadas, trasplantadas o desterradas. La gente bienpensante suele no estar
enterada de estas otras atrocidades más que con cuentagotas. Funcionó la idea
de que hablar mal de los bolcheviques y de la URSS apoyaba a la burguesía, al fascismo y
después, no era de buen ver ni elegante ser anticomunista. Después de todo
habían luchado contra los malvados nazis y habían ganado con los Aliados. A muy
poca gente le suenan nombres como las Islas Solovky o Solovietsky, primer campo
de internamiento creado por el propio Lenin. Pude ver en TV un documental en
1997 comentado por Ives Montand, antes comunista. No es elegante criticar al
fundador del comunismo. Un brillante intelectual radical. En realidad no fundó
muchos campos más porque murió pronto a consecuencias del atentado que perpetró
contra él Fanny Kaplan en el verano de
1918, el mismo en que mandó asesinar a la familia imperial. Tampoco les suena,
ni saben donde están los campos de Magadán, Vorkuta, Kolima, Norilsk,
Magnitogorsk, Sverdlovsk (antes Yekaterinburg), donde asesinaran al zar y a su
familia, Murmansk, Arjangelsk, Yakutsk, Frunze. Todo esto se unifica en la
palabra GULAG, contracción y siglas de Glavnoie Upravlenie Lagerei dadas a
conocer en los sesenta por Aleksandr Solyenitsin y otros, pero creada en época
tan temprana como 1919. Desarrollaron 476 tipos de campos, cada uno con decenas
de campos tipo entre ellos los “sharashka”, para científicos, “psijushka”, de
carácter psiquiátrico, para niños y madres. Por algún motivo en el cine no
vende. Series de TV que denuncien campos soviéticos hay pocas o ninguna.
Documentales pocos. Vi uno francés hace años sobre las islas Solovky, comentado
por Ives Montand. Quizá no asesinaran judíos. Preferían a su propia gente. Se
sacrificaron en la Gran
Guerra Patria de 1941-1945 que, al final ganaron a sangre y
fuego, como los aliados de Occidente. En Cuba el pueblo se enteró poco de esta
dictadura en los cincuenta pues apenas 15 años después de la derrota de Hitler
y de la victoria de los Aliados el país, en general, apoyó o al menos, no se opuso masivamente, a la entronización
de un régimen parecido al soviético y amamantado por ellos. El síndrome
antiamericano era demasiado grueso en el cubano de a pie. Es difícil y toma
tiempo leer, estudiar y entender un proceso histórico, sopesar pros y contras.
Se calcula que al morir Stalin los prisioneros que habían fallecido ya en los
campos eran unos dieciocho millones. Nunca sabremos ni la cifra
aproximada. Pero en Occidente el tema o era tabú, o estaba mal
visto o vetado por los partidos comunistas legales. No era, al menos,
“rentable”.
¿Por qué entonces
la propaganda contra el comunismo equivale a un 10% de la antinazi? Muy simple:
era una doctrina “liberadora” de los obreros,
no racial y exclusivista; recibió el espaldarazo, a regañadientes, de
tres líderes democráticos occidentales, Roosevelt, Churchill y de Gaulle a cambio de millones de muertos
en el frente oriental contra Hitler; Alemania fue derrotada con tropas y a
bombazos en 1945; la URSS
se desmoronó en 1991. Pero nunca dejaron entrar fotógrafos ni cineastas en sus
campos de concentración. Mientras que Eisenhower sí mandó fotografíar las
atrocidades de los campos nazis vistas por el público una y mil veces. Imagen
que no se ve, circunstancia que no existe.
El zarismo de 1825 a 1917 produjo unas
6.321 condenas a muerte. En 92 años. Lenin y el soviet de Petrogrado habían
producido 18.000 fusilamientos en 1918. En un año. ¿Que diremos los cubanos que
vivimos hace décadas en el exilio si les preguntamos a los ciudadanos del país
que nos acoge, EE.UU., España, México o cualquier otro si sabe?: qué es la cárcel modelo de Isla de Pinos; los
fusilamientos dirigidos por el “Che” Guevara en la fortaleza de La Cabaña, o del castillo de
El Príncipe en 1959; si sabe algo del uso policial del Hospital Psiquiátrico de
Mazorra; de la prisión de Boniato en Santiago de Cuba; de las UMAP de Camagüey
en los años 1966-1968, de la prisión de Taco-Taco en San Cristóbal, Pinar del
Río; de Kilo 7, Kilo 8, Kilo 5 y medio, la prisión militar de El Pitirre,
Agüica, Canaleta, Ariza y tantas otras prisiones y campos. De los fallecidos
intentando cruzar el estrecho de la
Florida, de los ametrallamientos del río Canímar en 1980 y
del hundimiento, como medida de terror para evitar más salidas ilegales, de la
lancha “13 de marzo” el aciago 13 de julio de 1994 contra personas que se iban
con el resultado de 30 ahogados, veinte de ellos niños o las dos avionetas de
Hermanos al Rescate abatidas por Mig 29 en febrero de 1996, de la prisión de
los 75 disidentes en la primavera del 2003. Si ese régimen no es una dictadura
totalitaria no se qué lo puede ser. En estos casos, al igual que con el
Holocausto judío funciona un cierto negacionismo que más bien llamaríamos
ocultación. Los nazis tenían virus o
bacilos; los bolcheviques, kulaks; los castristas, gusanos.
El nazismo y el
comunismo: similitudes o diferencias
Tras la lectura del
libro de Alain de Benoist “Comunismo y nazismo” editorial Altera, no me queda sino constatar que, en
general, la gente cree que los alemanes,
más publicitados en su vesania, mataron más y mejor que los comunistas, los
cuales lo hicieron cuando no quedaba más remedio y sólo para hacer el “bien”
eliminando a “la burguesía”, es decir, a
todos los que no fueran bolcheviques. Incluso algunos que lo simulaban. Que el
nazismo es doctrina racista y de odio a todo lo no alemán o ario lo sabemos; es
verdad. Mientras, el comunismo es doctrina de liberación y se entroniza por
amor a la humanidad. Debería ser verdad pero me temo que no lo es. Los crímenes
de Stalin son –dicen- el producto de una perversión temporal o una deformación,
como decía Ken Livingstone, alcalde de Londres. Es decir, los millones de
muertos atribuidos bajo el
comunismo soviético es producto de un
amor fraternal “deformado” debido al zarismo, la explotación, la gran guerra,
la lucha de clases y las penurias. ¿Por qué crímenes con “buenos propósitos” tienen más atenuantes que
los de los nazis? Para los asesinados de un lado y del otro, sean judíos o
rusos, el tiro en la nuca es el mismo:
la desaparición. Al parecer, comunismo y nazismo producen sistemas que se basan
ambos en ideas falsas pero de resultados similares. Lo siento, son muy
similares.
Deberíamos empezar
por refutar, en el caso de Rusia, la fábula bienpensante de un Lenin bueno y un
Stalin malo como me han contado aquí algunos comunistas ingenuos. Todo parece
indicar, de ahí la importancia de la cronología, que el
terror comienza con Lenin, no con Stalin. Las checas se fundan en diciembre de
1917; la GPU por
Feliks Yeryinski; Trotsky crea el
Ejército Rojo, tres aparatos represivos implacables que en marzo de 1918, tras
seis meses en el poder, habían producido
ya 18.000 fusilados. Los primeros campos de concentración se crean, según el
periódico Izvestia, por orden del 10 de
septiembre de 1918. El primero, por orden de Lenin, en un antiguo monasterio
ortodoxo ubicado en las islas Solovky o Solovietsky, muy al norte, en el centro
del Mar Blanco, para encarcelar enemigos
políticos, es decir, todos los que no fueran bolcheviques y se les opusieran en
los soviets de Petrogrado y Moscú. O fuera. En 1921 ya hay siete campos
construidos y funcionando. En 1923 son ya 65 con un millón ochocientos mil
fusilados. Se les justifica por tener que defenderse del enemigo. La guerra
civil no hubiera existido si no hubiera tomado el poder una exigua minoría
política ideologizada y decidida del país. Claro, el “enemigo” eran todas las
formaciones políticas, de derecha a
izquierda. Todos los que no fueran bolcheviques. En enero de 1919,
Lenin, vivo y consciente a pesar del atentado cometido por la social-revolucionaria
Fanny Kaplan en agosto de 1918, ordena ya, a través del partido, la
exterminación de los cosacos del Don sublevados. Son los inicios de la guerra
civil. Recordemos las atrocidades de La Vendée en Francia en 1793 por los
revolucionarios.
Mientras el nazismo
es considerado como el régimen más criminal
del siglo, el comunismo, con más víctimas aún –no olvidemos el genocidio
camboyano de Pol Pot en 1976- es régimen, aunque criticable, defendible en lo
político, intelectual y moral. Es así, al parecer, porque los Aliados le dieron
el espaldarazo en Teherán, Yalta y Berlín, porque sus atrocidades no están tan
fotografiadas como las nazis. Recordemos la orden que dio Eisenhower y lo que
dijo. Así, intelectuales comunistas como Neruda, Brecht o Eisenstein,
indudables talentos artísticos, se equivocaron pues ignoraban la realidad.
Mientras, Ferdinand Céline, Leni Riefenstahl, Pierre Drieu La Rochelle, Paul Morand o Henri de Montherland son
unos malditos condenados a desaparecer del ambiente intelectual por haber
apoyado a Hitler o a Pétain. No existe nadie celebrado que haya compuesto la
letra del himno a la brutal GESTAPO nazi. Sin embargo, Luis Aragón, brillante poeta y prosista
francés, militante del PCF muerto en 1982, compuso un Himno a la GPU, antecesora de la NKVD y del KGB. Nadie le molestó
jamás tras el informe secreto de Jruschov en 1956 sobre los crímenes de Stalin
cometidos por la GPU, por componer un himno a una policía secreta
que asesinó a más gente que la propia Gestapo. Vaya, se equivocó. Vivir para
ver. Nadie duda de los crímenes del nazismo ordenados por Hitler y sus
secuaces. Sus obras nefastas brillan en la TV, el cine y medios del mundo entero. Claro,
salvo algunos radicales musulmanes que niegan que existiera el Holocausto por
razones de conveniencia política contemporánea y regional. Sin embargo,
mientras Hitler brilla en la programación, Stalin y sus obras permanecen
ocultos. La matanza de los oficiales polacos en Katyn en 1942 ni siquiera fue
sacada a la palestra por Occidente hasta que la Rusia de Gorbachov y de
Yeltsin reconocieron el crimen a
principios de los noventa. Así nos preguntamos, ¿por qué el negacionismo se
considera un crimen respecto del Holocausto cuando se refiere al nazismo y no
lo es cuando se trata de crímenes comunistas de los años 20, 30 y 40? La diferencia
radica en que los crímenes del comunismo
no se han visto sometidos a una evaluación legítima y normal tanto histórica
como moralmente. Alemania fue derrotada militarmente; la URSS y el campo socialista se
desmoronaron solos. Además, nunca dejaron fotografiar ni filmar los campos. Es
responsabilidad de muchos intelectuales de los países occidentales, que
cedieron masivamente ante la ilusión comunista. Cierto que la URSS participó desde el
verano de 1941 con los Aliados en la derrota del fascismo, cosa que nunca dejó
de explotar desde 1945 y también que eso le dio una bocanada de aire al régimen
para sobrevivir otros 45 años.
Decían que el
fascismo es una emanación del capitalismo. Error craso de los comunistas de
entonces. Eso favoreció el triunfo nazi en 1933. En el VI Congreso del
Komintern en 1928 se denunció -óiganlo bien- a la social-democracia como alter
ego del fascismo y no apoyaron en elecciones a los partidos democráticos
“burgueses”. Conclusión: el fascismo se hizo con el poder en Alemania en 1933.
El monstruo ya no se podía parar. Sin
embargo, hoy en día quienquiera que subraye la similitud comunismo-fascismo es
considerado muy de derechas. Un fascista que resurge. Se teme al resurgimiento
del fascismo. Pero no al del comunismo, que para nada ha desaparecido. Está
presente en todos los parlamentos de los países democráticos. Y en algunos
países de América y Asia SON el único partido en el parlamento. Hoy el
anticomunismo casi ha desaparecido en Occidente mientras que el antifascismo sigue
de actualidad. Curioso habida cuenta de lo que pasa en América Latina. No hay ningún país en el mundo en peligro de
caer en el fascismo. Pero si algunos en algo viscoso y parecido a un régimen
comunista. Hemos de recordar que George
Orwell, autor inglés de “1984”
decía: “¡la izquierda es antifascista, pero no antitotalitaria!”. Es de señalar
que en América Latina se pretende entrar en el futuro, en el siglo XXI, dando
tres pasos atrás hacia el pasado.
Para despedirme de
Vds. con algo positivo les contaré un chiste que corre por Rusia en estos
tiempos. Putin está de vacaciones en
Siberia y muy cansado. Al dormir tiene un sueño. Se le aparece Stalin y le dice
al oído: “Vladimir Vladimirovich, fusila a todos tus opositores… ah y pinta el Kremlin de azul”. Alterado por el
sueño y recordando el edificio de su oficina le dice a la aparición: “Josef
Vissarionovich, ¿y por qué pintar el Kremlin de azul?”.
Muchas gracias por
su atención.
(Conferencia
enviada por su autor, a quien agradezco profundamente).