CARTA DEL DIRECTOR: EVANGELII
GAUDIUM, ¿UN PROGRAMA DE GOBIERNO?
por
Poirier, José María
Conviene
dejar anotado que el ritmo y el alcance de las actividades y declaraciones del
papa Francisco imponen hoy a los medios, y más aún a los especializados en
estos temas, como es el caso de Criterio, una tarea compleja.
Entiendo
decir que la revista debe aportar información, análisis y reflexión sobre estas
cuestiones, pero que al mismo tiempo ello nos desplaza circunstancialmente de
otros intereses como son los políticos, sociales y económicos, o los culturales
y artísticos.
La
exhortación apostólica Evangelii Gaudium, claramente salida de su pluma (o de la de sus estrechos
colaboradores), a diferencia de lo que sucedió con su primera encíclica (obra
de Joseph Ratzinger), nos coloca frente a un Bergoglio en estado puro, incluso
con sus más y con sus menos. La exhortación cobra por momentos el tono de un
verdadero programa de gobierno.
Es
un texto algo extenso, por momentos desparejo y no sin pretensiones. Pero, más
allá de cualquier crítica que pueda hacérsele, enseña la potencia de un hombre
que de gobierno entiende, y mucho.
La
alegría es el tema de fondo. ¿Qué alegría? La que surge de la misión de la Iglesia católica en su
tarea de llevar el Evangelio hasta los últimos confines del mundo. Una alegría
que “se renueva y se comunica” ante el “gran riesgo del mundo actual, con su
múltiple y abrumadora oferta de consumo” y la tristeza individualista “que
brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres
superficiales, de la conciencia aislada”.
En
seguida el Papa se refiere al encuentro personal con Jesucristo y, fiel a su
estilo, a tomar la decisión de dejarse encontrar por él. Ya desde el Testamento
de la tradición judía, advierte el constante anuncio de la alegría del Señor. Y
en los Evangelios estimula a considerar el saludo del ángel a María, la visita
a Isabel y el comienzo del ministerio de Jesús, cuando “la alegría llega a su
plenitud”. Y se interroga: “¿Por qué no entrar también nosotros en ese río de
alegría?”. Observa que para algunos cristianos la opción “parece ser la de una
Cuaresma sin Pascua”. Ante las dificultades, dice, hay que recordar que “el
Señor no ha agotado su ternura”. Es importante cuando cita palabras de su
predecesor y remarca que “llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más
que humanos”. Vuelve a recordar que el anuncio es una novedad y un asombro y
que “Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales
pretendemos encerrarlo”. La misión de la Iglesia no supone un desarraigo o un olvido de la
historia.
Otro
eje central, para Francisco, es el documento de Aparecida, donde los obispos
latinoamericanos y del Caribe (bajo su conducción en la redacción del texto)
dicen que la evangelización convoca a todos y se realiza en la pastoral
ordinaria, en el ámbito donde los bautizados no tienen una pertenencia cordial
con la Iglesia
y en el anuncio a quienes no conocen o han rechazado a Jesucristo.
La
propuesta es ir hacia una clara descentralización del gobierno vaticano que
pueda favorecer la riqueza de los diferentes ámbitos y culturas, para lo cual
habrá que retomar las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Una vez más, el Papa
invita a salir y a “atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la
luz del Evangelio”. Reconoce, al mismo tiempo, la libertad de la Palabra que crece sola.
Habla de una “intimidad itinerante” y de “primerear (una expresión que le gusta
y que no será fácil de traducir a otras lenguas), involucrarse, acompañar,
fructificar y festejar”. La conversión y el servicio son temas que vuelven en
el texto. Así como la idea (tan jesuita) del discernimiento, del escuchar a
todos, de la necesaria conversión del papado y de la autonomía de las
conferencias episcopales.
En
una de las partes más originales y estupendas, explica la jerarquía de
verdades, tanto en el campo moral como doctrinario, e insiste en simplificar la
propuesta cristiana “sin perder por ello profundidad y verdad”. Porque “la
misericordia es la más grande de todas las virtudes”. En efecto, a veces el
lenguaje ortodoxo puede estar lejos del Evangelio. Cita a Agustín y a Tomás de
Aquino, a los papas recientes, al Concilio y a las Escrituras. Se anima a
proponer prudencia y audacia frente a los problemas pastorales más graves.
Al
tiempo que aclara que “no es función del papa ofrecer un análisis detallado y
completo sobre la realidad contemporánea”, no le ahorra críticas a la economía
y la política, tal como entiende que hoy se practican.
La
pobreza, la violencia y la falta de respeto a la dignidad humana son, escribe,
los grandes desafíos del mundo actual. Como un profeta denuncia la exclusión,
condena la idolatría del dinero y se pone a favor del medio ambiente. Dice que
la inequidad genera violencia y que las guerras están movidas por míseros
intereses. Condena la corrupción, los ataques a la libertad religiosa y el
relativismo. Se pone en contra de todo fundamentalismo y de las
espiritualidades sin Dios. Exige un pensamiento crítico, ataca la burocracia de
la Iglesia ,
advierte sobre la crisis de la familia y llama a sanar heridas.
Una
y otra vez elogia la religiosidad popular y se manifiesta desconfiado de la
globalización y de la tecnología. La mayor amenaza, señala citando a Ratzinger,
es “el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual
aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va
desgastando y degenerando en mezquindad”.
Es
claro que el documento refleja la visión de Bergoglio, incluso a veces con
notas autorreferenciales (“quiero”). Algunos saltos de registro, cierta visión
negativa de la tecnología y del mundo económico en general pueden confundir al
lector, que encontrará enunciaciones a veces difíciles de conciliar entre sí.
Es el peligro que puede encerrar la tendencia a universalizar la propia
experiencia. Parecen no estar suficientemente valorizados el trabajo y los
emprendimientos como base de la genuina creación de riqueza, que sí aparecían
en documentos conciliares o en textos de Pablo VI. Es evidente que en la
teología de nuestro continente está poco presente el mérito de la actividad
humana, el bíblico “dominar la tierra”. La insistencia en lo pastoral puede
impedir a veces ver con claridad los aspectos relacionados con las disciplinas
humanas.
Sí
se advierte que detrás del texto hay un asceta y un místico, un hombre de
profunda fe y de arraigada espiritualidad, antes que un teólogo. Pero, ¿acaso
la misión no debería encarar también el diálogo con la cultura, con la ciencia,
con las artes? Quizá donde más sorprende y acierta el documento es en el claro
discernimiento a la hora de proponer la gradualidad en el campo moral. Allí se
advierte la sabiduría del pastor.
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